Cuentos populares rusos
Vasilisa la Bella
Ilustrado por Ivan Bilibin
Publicado y distribuido en forma gratuita por Imaginaria:
www.
imaginaria.
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En cierto reino vivía un mercader que tenía una única hija, Vasilisa
la Bella.
La madre falleció cuando la niña contaba ocho años.
Sintiendo
próximo su fin, la...
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Cuentos populares rusos Vasilisa la Bella Ilustrado por Ivan Bilibin Publicado y distribuido en forma gratuita por Imaginaria: www. imaginaria. com. ar En cierto reino vivía un mercader que tenía una única hija, Vasilisa la Bella. La madre falleció cuando la niña contaba ocho años. Sintiendo próximo su fin, la madre llamó a la niña, sacó de entre las sábanas una muñequita y se la entregó diciéndole: —Escucha mis últimas palabras, Vasilisa, obedece mi última voluntad. Te dejo esta muñeca. Consérvala siempre a tu lado y no se la enseñes a nadie. Si te ocurre algo malo, dale de comer y luego pídele consejo. La muñequita comerá lo que le des y te socorrerá en tus dificultades. La mujer del mercader besó a su hija y, unos instantes después, murió. El viudo sintió mucho la muerte de su mujer, pero pasado algún tiempo, quiso volverse a casar. Eligió una mujer que tenía dos hijas aproximadamente de la misma edad que Vasilisa. Eso significaba que tenía exper
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Veröffentlicht am Nov. 21st 2011
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Macario1
Juan Rulfo
Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas.
Anoche,
mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de
cantar hasta que amaneció.
Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le
espantó el sueño.
Y ahora ella bien quisiera...
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Macario1 Juan Rulfo Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos. . . Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca c
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En verdad os digo
Juan José Arreola
Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja,
deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento
Niklaus.
Desprendido de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el
uranio, el cobalto y el hidrógeno, Arpad Niklaus deriva sus...
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En verdad os digo Juan José Arreola Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus. Desprendido de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el uranio, el cobalto y el hidrógeno, Arpad Niklaus deriva sus investigaciones actuales a un fin caritativo y radicalmente humanitario: la salvación del alma de los ricos. Propone un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que pase en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a la pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente el camello según su esquema primitivo. Niklaus ya logró cambiar de sitio, sin tocarla, una gota de agua pesada. También ha podido evaluar, hasta donde lo permite la discreción de la materia, la energía cuántica que dispa
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La señorita Cora
Julio Cortázar
We ll send your love to college, all for a year or two,
And then perhaps in time the boy will do for you.
-The trees that grow so high.
(Canción folclórica inglesa.
)
No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su
madre y el doctor De...
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La señorita Cora Julio Cortázar We ll send your love to college, all for a year or two, And then perhaps in time the boy will do for you. -The trees that grow so high. (Canción folclórica inglesa. ) No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director. Podrían traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya acostumbrando, entró tan pálido el pobrecito como si fueran a operarlo en seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su padre también estaba nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me dejarían con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría, siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y hacerse el hombre grande. La impresión que le habrá hecho cuando se dio cuenta de que no me dejaban quedarme, menos mal que su padre le dio charla, le hizo poner el pi
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Veröffentlicht am Mai 26th 2011
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Sólo vine a hablar por teléfono
Gabriel García Márquez
Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un
coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los
Monegros.
Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había
tenido un...
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Sólo vine a hablar por teléfono Gabriel García Márquez Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos. -No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono. Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en
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Veröffentlicht am Mai 6th 2011
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La Dama de Espadas
Aleksandr Pushkin
I
Un día en casa del oficial de la Guardia Narúmov jugaban a las cartas.
La
larga noche de invierno pasó sin que nadie lo notara; se sentaron a cenar
pasadas las cuatro de la mañana.
Los que habían ganado comían con gran
apetito; los demás permanecían sentados ante sus platos vacíos con...
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La Dama de Espadas Aleksandr Pushkin I Un día en casa del oficial de la Guardia Narúmov jugaban a las cartas. La larga noche de invierno pasó sin que nadie lo notara; se sentaron a cenar pasadas las cuatro de la mañana. Los que habían ganado comían con gran apetito; los demás permanecían sentados ante sus platos vacíos con aire distraído. Pero apareció el champán, la conversación se animó y todos tomaron parte en ella. -¿Qué has hecho, Surin? -preguntó el amo de la casa. -Perder, como de costumbre. He de admitir que no tengo suerte: juego sin subir las apuestas, nunca me acaloro, no hay modo de sacarme de quicio, ¡y de todos modos sigo perdiendo! -¿Y alguna vez no te has dejado llevar por la tentación? ¿Ponerlo todo a una carta?. . . Me asombra tu firmeza. . . -¡Pues ahí tenéis a Guermann! -dijo uno de los presentes señalando a un joven oficial de ingenieros-. ¡Jamás en su vida ha tenido una carta en las manos, nunca ha hecho ni un pároli, y, en cambio, se queda con nosotros h
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Veröffentlicht am März 29th 2011
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La muñeca de modista
[Cuento.
Texto completo]
Agatha Christie
La muñeca descansaba en la gran silla tapizada de terciopelo.
No había mucha
luz en la estancia, pues el cielo de Londres aparecía oscuro.
En la suave y gris
penumbra se mezclaban los verdes de las cortinas, tapices, tapetes y
alfombras.
La muñeca, cuya cara...
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La muñeca de modista [Cuento. Texto completo] Agatha Christie La muñeca descansaba en la gran silla tapizada de terciopelo. No había mucha luz en la estancia, pues el cielo de Londres aparecía oscuro. En la suave y gris penumbra se mezclaban los verdes de las cortinas, tapices, tapetes y alfombras. La muñeca, cuya cara semejaba una mascarilla pintada, yacía sobre sus ropas y gorrito de terciopelo verde. No era la clásica que acunan en sus bracitos las niñas. Era un antojo de mujer rica, destinada a lucir junto al teléfono, o entre los almohadones de un diván. Y así permanecía nuestra muñeca, eternamente fláccida, a la vez que extrañamente viva. Sybil Fox se apresuraba en terminar el corte y preparación de un modelo. De modo casual sus ojos se detuvieron un momento en la muñeca, y algo extraño en ella captó su interés. No obstante, fue incapaz de saber qué era, y en su mente se abrió una preocupación más positiva. «¿Dónde habré puesto el modelo de terciopelo azul? -se pregunt
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Veröffentlicht am März 29th 2011
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88
TERAPIA DE SOLEDAD
Querido mío: Aquí estoy, en mi isla, que no es eminente
eso, ya que no está rodeada de mar sino de vegetación, de
árboles, de campo propiamente dicho.
Pero es una isla en
un sentido esquimal.
Aunque tampoco es eso, ya que estoy
rodeada de lejanas presencias y cercanas ausencias, del
recuerdo de...
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88 TERAPIA DE SOLEDAD Querido mío: Aquí estoy, en mi isla, que no es eminente eso, ya que no está rodeada de mar sino de vegetación, de árboles, de campo propiamente dicho. Pero es una isla en un sentido esquimal. Aunque tampoco es eso, ya que estoy rodeada de lejanas presencias y cercanas ausencias, del recuerdo de otros y de las corrientes de mi propia memoria. ¿Te parezco complicada? Puede ser. Bien sabés que de un tiempo a esta parte sentía la necesidad de aislarme, de reencontrarme con mi soledad perdida (¡Marcel Proust viejo y peludo!). Por suerte lo entendiste y te confieso que esa comprensión aumentó mi amor (y también mi respeto) hacia vos. Estoy convencida de que el respeto por la soledad del ser amado es una de las menos frecuentes pero más entrañables formas del amor, ¿no te parece? Creo que los diez años de bienllevado matrimonio precisaban de esta afirmación de nuestras dos identidades. Es un regalo del destino que seamos tan distintos, algo q
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Veröffentlicht am März 29th 2011
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El asalto al gran convoy
[Cuento: Texto completo] Dino Buzzati
Arrestado en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando -porque
tuvo la suerte de no ser reconocido- Gaspar Planetta, capitán de bandidos, permaneció
tres años en prisión.
Al salir libre estaba muy cambiado.
Consumido por la enfermedad, con una...
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El asalto al gran convoy [Cuento: Texto completo] Dino Buzzati Arrestado en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando -porque tuvo la suerte de no ser reconocido- Gaspar Planetta, capitán de bandidos, permaneció tres años en prisión. Al salir libre estaba muy cambiado. Consumido por la enfermedad, con una gran barba, parecía un viejo y no el famoso "capo brigante", el mejor tirador conocido, que no sabía errar un disparo. Con sus cosas en una bolsa, se puso en camino hacia el Monte Fumo, su antiguo reino, donde suponía que debían estar sus compañeros. Era un domingo de junio cuando se internó en el valle donde estaba su casa. Los senderos del bosque no habían cambiado: aquí afloraba una raíz: allá una piedra que recordaba perfectamente. Todo estaba igual que antes. Como era fiesta, la banda debía estar reunida en su casa. Al acercarse, Planetta oyó voces y carcajadas. La puerta, a diferencia de sus tiempos, estaba cerrada. Golpeó dos o tres veces. Adentr
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Veröffentlicht am März 29th 2011
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El asalto al gran convoy
[Cuento: Texto completo] Dino Buzzati
Arrestado en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando -porque
tuvo la suerte de no ser reconocido- Gaspar Planetta, capitán de bandidos, permaneció
tres años en prisión.
Al salir libre estaba muy cambiado.
Consumido por la enfermedad, con...
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El asalto al gran convoy [Cuento: Texto completo] Dino Buzzati Arrestado en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando -porque tuvo la suerte de no ser reconocido- Gaspar Planetta, capitán de bandidos, permaneció tres años en prisión. Al salir libre estaba muy cambiado. Consumido por la enfermedad, con una gran barba, parecía un viejo y no el famoso "capo brigante", el mejor tirador conocido, que no sabía errar un disparo. Con sus cosas en una bolsa, se puso en camino hacia el Monte Fumo, su antiguo reino, donde suponía que debían estar sus compañeros. Era un domingo de junio cuando se internó en el valle donde estaba su casa. Los senderos del bosque no habían cambiado: aquí afloraba una raíz: allá una piedra que recordaba perfectamente. Todo estaba igual que antes. Como era fiesta, la banda debía estar reunida en su casa. Al acercarse, Planetta oyó voces y carcajadas. La puerta, a diferencia de sus tiempos, estaba cerrada. Golpeó
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